Pensar la infancia migrante

“La gente hará viajes desesperados y peligrosos cuando lo que está detrás de ellos es más aterrador que lo que está delante”. (Martínez, Salvador y Hernández, 2018, p. 38)

Desde que se inició el éxodo de venezolanos hacia Colombia y otros países del mundo me ha interesado pensar en los niños que llegan en estas oleadas migratorias a destinos desconocidos para ellos, por lo tanto, creo que hay una gran cantidad de aspectos por investigar dentro del marco de lo que algunos autores llaman “infancias migrantes” o “infancias en movimiento”.

Todos los procesos migratorios tienen impactos tanto positivos como negativos en la sociedad. Pensar la infancia migrante es pensar en lo que han perdido, pero también en lo que han ganado los niños y niñas. En este sentido, no se puede obviar que frente a las experiencias de migración, desplazamiento, exilio o destierro en la niñez, se han ido consolidando representaciones sociales que pretenden dar cuenta de un fenómeno complejo que, para sus protagonistas – en este caso niños y niñas – encierra discriminación, penuria, exclusión, tristeza, desarraigo, pérdida, xenofobia, estigmatización; y por otro lado, adaptación, integración, salvación, participación, libertad, arraigo, agencia, hospitalidad, oportunidad, acogida; mostrando así los distintos matices del fenómeno migratorio. 

De tal manera, no cabe duda de la pertinencia de una investigación que pretenda adentrarse en el campo de los significados, de los juicios o valoraciones que se asocian a la migración forzosa o a los movimientos voluntarios que indistintamente generan pérdidas y extrañamientos en los niños y niñas, pero también, nuevas oportunidades y nuevos lazos sociales.

Por lo tanto, ante esta ambivalencia entre lo positivo y lo negativo es recurrente la visión negativa generalizada sobre la migración, debido a que se asume que todo el grueso de la población infantil migrante y desplazada que llega a una institución educativa viene con distintas dificultades; y no se explora de manera singular su llegada, por ejemplo, como una oportunidad de aprendizaje intercultural con el niño y la niña migrante.

 En vista de lo anterior, aparecen distintas percepciones sobre la migración, por un lado, una mirada vulnerabilizante y patologizante que surge debido a los traumas psicosociales que se cree padecen algunos niños migrantes y que se le atribuyen a la ruptura de referentes afectivos y simbólicos tales como son la pérdida de los miembros de su familia, de sus amigos, de su casa o de su territorio. Además, se suma a ello, la mirada estigmatizante que recae en la población venezolana, debido a que son vistos en algunos casos como un “problema social”, como una carga, y en algunos lugares prevalece la construcción del migrante como alguien “peligroso”. Y es precisamente estas etiquetas y representaciones las que llaman poderosamente la atención en un fenómeno de migración infantil.

Según Frigerio, (2008), podríamos encontrar una cantidad de adjetivos para referirnos a los niños y niñas extraños y extranjeros, ‘’adjetivos calificativos descalificantes (pobres, amorales, anormales, huérfanos, en peligro, peligrosos, excluidos, marginales, u otros equivalentes)’’ (p.2).  

Aquí seria también importante tener en cuenta el trabajo de dos investigadoras que nos hablan de cómo hay una imagen estereotipada de los niños extranjeros en la sociedad en general y de manera particular en el ámbito educativo producto de “las creencias construidas cotidianamente” durante las distintas interacciones que se dan. “Es decir, la configuración de la imagen que los docentes construyen de estos alumnos se arraiga en cómo es vivida la presencia del extranjero en la sociedad en su conjunto. La escuela es un espacio donde los docentes vuelcan de manera sumamente evidente los prejuicios que poseen acerca de ese “otro” que es, al mismo tiempo, pensado como “inferior” pero también “culpable” y “peligroso”. Desde esta perspectiva, el estereotipo se constituye como un dispositivo discursivo de control social”. (González y Plotnik, 2011, p. 110).

En este sentido también coincide Frigerio, (2008) al preguntarse si “¿caratular a los niños expresaría el intento de control de aquello que es desconocido e inquietante para los adultos?’’ (p.2). De esta manera, hallaremos un conjunto de etiquetas, rótulos y estereotipos para nombrar y representar a las niñas y niños migrantes, como extraños, extranjeros, forasteros, desarraigados, desplazados, desterrados, mendigos, limosneros, mantenidos, venecos, refugiados, apátridas, parásitos, exiliados, entre otros.

Todos estos calificativos nos conducen a reflexionar sobre el etiquetamiento que se le hace al migrante, y cómo todos estos rótulos y estereotipos hacen parte de una construcción de representaciones sociales relacionadas con la migración y el desplazamiento de los sujetos. La importancia radica aquí, en cómo indagamos las representaciones que sobre la población infantil migrante circulan en instituciones educativas públicas y los modos en que dichas representaciones influyen en prácticas, actitudes y decisiones dentro de la comunidad educativa. Es interesante interpretar como son reconocidos y vistos los niños extranjeros en la escuela por los otros niños ‘’nativos’’ y como esos niños venezolanos se ven y se reconocen.

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