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La Educación : Entre la Gratuidad y la Calidad

Pocas veces hacemos reproducciones totales de artículos de prensa o de revistas especializadas, cuyos temas aborden asuntos o problemas del ámbito educativo nacional. En la columna de opinión del periódico “El Tiempo”, versión virtual, el pasado 5 de febrero, se publicó un interesante análisis, que desnuda la incesante maniobra de los gobiernos de turno por confundir y distraer al país en torno a la gratuidad y la calidad de la educación y sus implicaciones. El artículo lo firma Moisés Wasserman Lerner, bioquímico colombiano, ex rector de la Universidad Nacional de Colombia en el periodo 2006-2009 e intitulado “Gratuidad, y privatización de la calidad”. Por la importancia del tema y la relevancia del personaje quien lo escribe, lo compartimos con nuestra comunidad educativa y nuestros asiduos visitantes.

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Gratuidad, y privatización de la calidad
Moisés Wasserman Lerner
               Moisés Wasserman Lerner

Algunos sectores universitarios del país han recibido con júbilo el anuncio chileno de gratuidad de la educación superior. Suena bien, pero no deja de ser curioso que al mismo tiempo profesores y científicos de ese país se declaren en crisis. Cuatrocientos notables le escribieron una carta a la presidenta Bachelet titulada: ‘Nuestros gobiernos han elegido la ignorancia’.

¿Cómo se entienden hechos tan contradictorios? Tal vez, porque con frecuencia preferimos los lemas y las banderas a un análisis de la realidad. Los movimientos estudiantiles exigen la gratuidad. La ven como condición para lograr la equidad. Pero la prueba más contundente de que la gratuidad no resuelve ese problema la tienen frente a los ojos, y no la ven. La educación básica y media en Colombia es gratuita. Sin embargo, quien puede paga un colegio privado a sus hijos (incluyendo a casi todos mis colegas, profesores universitarios de izquierda y defensores de lo público).

La razón es simple: la gratuidad logró una buena cobertura y una educación básica y media pública (hoy es un 80 por ciento o más del total), pero no impidió que la alta calidad fuera mayoritariamente privada, como lo demuestran las pruebas Saber 11. No se privatizó la educación, se privatizó la calidad.

Hace 50 años se decidió “temporalmente” partir la jornada educativa en dos para duplicar la cobertura. Si bien existía una educación privada para una élite, en ese momento ella se volvió indispensable para todo el que pudiera pagar. A la jornada de ocho horas se le sumaron atractivos como otro idioma, actividades deportivas y artísticas, nuevas pedagogías y tecnologías, laboratorios, salidas de campo y mucho más. La educación privada arrasó en la competencia por los mejores maestros: un físico con posgrado y con dominio del inglés duraba en lo público menos que un merengue en la puerta de una escuela (para usar una figura del sector). En los colegios de élite, la inversión por estudiante es 10 o 20 veces mayor que la reconocida por la Nación a los colegios públicos. Esto inevitablemente segrega. Hay poblaciones de jóvenes colombianos que nunca llegan a encontrarse: un verdadero apartheid.

En la educación superior aún no ha pasado lo mismo. La gratuidad en las universidades públicas sería relativamente fácil de lograr. Los estudiantes de bajos recursos pagan una matrícula simbólica que el Gobierno podría asumir sin problemas. Un programa como ‘Ser Pilo Paga’ les hace el milagro a algunos (y bienvenidos los milagros), pero en su dimensión actual cubre apenas al 2 por ciento mejor calificado entre los bachilleres del sistema de educación pública.

Con pocos recursos (y no veo por qué suponer que vaya a haber un cambio dramático en el futuro), la gratuidad llevará necesariamente al establecimiento de un sistema de financiamiento de las universidades que va a ser una continuidad de lo que hoy existe para los colegios: en lugar de un presupuesto global adecuado a cada institución, la fijación de un costo básico por estudiante que, aun con bonificaciones por desempeño, quedará muy lejos de los costos de las universidades privadas de élite.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, y la exigencia de gratuidad puede ser una de ellas. Una solución de verdad implica múltiples iniciativas: que pague quien tenga la capacidad de hacerlo, pero que se creen más universidades públicas y que algunas se mantengan en los niveles académico y científico más altos del país. Además, que se constituya un sistema de becas amplio y agresivo con el que las universidades privadas puedan participar en la formación de jóvenes de bajos recursos. Es un error engolosinarse con propuestas que arrancan aplausos pero que no resuelven los problemas que son.

Fuente:

Moisés Wasserman

@mwassermannl

 http://app.eltiempo.com/opinion/columnistas/gratuidad-y-privatizaci-n-de-la  calidad/16500626

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